Ricardo González-Roca Fonteneau
Secretaría General Liberación Canaria

En Canarias siempre aparece un nuevo gran proyecto dispuesto a salvarnos. Antes fueron los pelotazos urbanísticos. Luego el monocultivo turístico. Más tarde la fiebre de las infraestructuras sin planificación.
Ahora nos anuncian con solemnidad el nuevo capítulo del progreso obligatorio. Convertir el mar canario en un polígono industrial energético.
Primero se cubren miles de hectáreas con placas fotovoltaicas. Después se llenan zonas del territorio con aerogeneradores, torretas eléctricas por doquier por no planificar el soterrado porque al operador energético le sale más caro y lo fácil es deteriorar el paisaje y nuestro patrimonio natural con apoyo institucional de políticos canarios que no han querido poner límites al desmán.
Ahora el siguiente objetivo parece ser el mar canario.
Todo ello viene envuelto en una narrativa impecable de transición energética, sostenibilidad y lucha contra el cambio climático.
Hacen un discurso tan virtuoso que cualquiera que se atreva a hacer preguntas o a cuestionar la necesidad , corre el riesgo de ser señalado como enemigo del planeta y de negacionista de vaya usted a saber qué.
Mientras tanto, lo que no se explica con la misma claridad es el modelo real que se está construyendo y a quienes beneficia porque la sociedad canaria no se beneficia del expolio territorial y ahora marino.
Aquí, impulsan grandes infraestructuras industriales promovidas por operadores energéticos que operan en régimen de oligopolio, sostenidas por marcos de subvención pública y diseñadas, en la práctica, para generar rentabilidad empresarial garantizada.
Sí, son negocios redondos que curiosamente siempre encuentran un territorio periférico donde instalarse. Es decir, aquí.
La ciencia, por cierto, empieza a advertir de que la cuestión no es tan simple como colocar molinos en el mar y esperar milagros.
Investigaciones realizadas en el Mar del Norte por el Helmholtz Centre Hereon han simulado los efectos acumulativos de grandes concentraciones de aerogeneradores marinos, detectando alteraciones en corrientes y en dinámicas oceánicas.
Es decir, cuando la escala se vuelve masiva, el sistema marino responde. Algo bastante lógico para cualquiera que entienda que el océano no es una superficie vacía donde plantar infraestructuras sin consecuencias.
Pero en Canarias el debate parece resolverse siempre del mismo modo. Si el proyecto viene envuelto en el papel de regalo de las renovables, todo cuestionamiento desaparece.
El territorio, la biodiversidad marina, la actividad pesquera o el equilibrio del litoral pasan a un segundo plano. Lo importante es subirse al tren del negocio verde antes de que lo hagan otros.
Porque conviene decirlo con claridad. El mar canario no es un espacio vacío ni un tablero donde experimentar modelos energéticos diseñados desde despachos lejanos.
Es un ecosistema extraordinariamente sensible, uno de los corredores de biodiversidad marina más importantes del Atlántico, y una base económica y cultural para nuestras islas.
En Canarias el mar es un espacio de soberanía y de riqueza nacional canaria. No puede ser un cofre abierto para que desembarque una nueva expedición de buscadores de rentas disfrazados de salvadores climáticos.
La transición energética es necesaria. Nadie discute eso, o sí porque tal como se está gestionando evidencia lo que quieren ocultar. Negocio puro sin miramientos.
Lo que sí merece discusión es el modelo, la escala y, sobre todo, quién toma las decisiones y quién se beneficia de ellas. Porque cuando la transición se convierte en una carrera por ocupar territorio y capturar subvenciones, el resultado suele ser el mismo de siempre. El negocio se privatiza y el impacto se socializa.
Quizá por eso algunos insisten tanto en que Canarias debe ser “líder” en la implantación de eólica marina.
Liderar, al parecer, consiste en poner el territorio, asumir los impactos y aplaudir con las orejas mientras otros hacen caja.
Un modelo de desarrollo que ya conocemos demasiado bien.
Se cambian los discursos, cambian las etiquetas y ahora todo se pinta de verde. Pero el esquema sigue siendo sospechosamente familiar.
A estas alturas conviene recordarlo con cierta ironía, aunque sea incómodo. Cuando cada nueva “oportunidad histórica” termina pareciéndose demasiado a un nuevo ciclo de saqueo, tal vez el problema no sea la falta de proyectos.
Tal vez el problema sea quién decide sobre nuestro territorio y a quién sirve realmente ese supuesto progreso.
