Ricardo González-Roca Fonteneau
Secretaría General Liberación Canaria

El comercio de barrio en Canarias atraviesa un momento delicado.
Poco a poco languidece, desaparece o se ve obligado a cerrar tras décadas formando parte de la vida cotidiana de nuestros pueblos y ciudades. No es solo una cuestión económica.
Cada comercio que baja la persiana supone también una pérdida de tejido social, de memoria colectiva y de identidad comunitaria.
La transformación urbana vinculada a procesos de gentrificación está alterando profundamente los hábitos de consumo y las dinámicas de barrio.
Cambia la composición social de las zonas, cambian las prioridades comerciales y se debilitan los lazos comunitarios que durante años sostuvieron al pequeño comercio.
Allí donde antes había tiendas familiares, hoy proliferan negocios orientados a una demanda más volátil o directamente franquicias que replican modelos idénticos en cualquier ciudad del mundo.
Para los comercios tradicionales la competencia se ha vuelto cada vez más difícil. Las grandes superficies y centros comerciales concentran oferta, poder de compra y capacidad de promoción. A ello se suma la expansión de franquicias respaldadas por grandes grupos empresariales que operan con economías de escala imposibles para un negocio familiar.
Otro factor determinante es la transformación tecnológica. La digitalización del comercio exige inversión, conocimiento y adaptación constante.
Muchos pequeños negocios carecen de los recursos necesarios para competir en ese terreno, especialmente cuando el mercado se ha desplazado hacia plataformas de venta online que operan a escala global y con estructuras logísticas mucho más eficientes.
A esta presión se añade un fenómeno silencioso pero muy relevante. La falta de relevo generacional.
Muchos negocios familiares que sostuvieron durante décadas la economía de barrio desaparecen cuando llega el momento de la jubilación de sus propietarios.
Las nuevas generaciones, enfrentadas a condiciones laborales más inciertas y a modelos económicos diferentes, no siempre encuentran viable continuar con la actividad.
En paralelo, los hábitos de consumo también han cambiado. La cultura de la inmediatez, la comodidad del comercio digital y la presión de los precios bajos han transformado la relación entre el consumidor y el comercio de proximidad.
La globalización ha traído ventajas evidentes, pero también ha debilitado economías locales que antes funcionaban como verdaderos ecosistemas comunitarios.
Todo ello plantea un desafío importante para #Canarias.
El comercio de barrio no es únicamente una actividad económica. Es también un elemento esencial de cohesión social, de identidad cultural y de dinamización de la vida urbana.
Mantenerlo vivo requiere repensar políticas públicas, impulsar procesos de modernización accesibles para pequeños negocios y, sobre todo, recuperar la conciencia colectiva del valor que tiene consumir en el entorno cercano.
Se abre, por tanto, un reto. El de decidir si queremos barrios con vida económica propia, diversidad comercial y relaciones humanas directas, o ciudades donde la oferta se uniformiza bajo los mismos logotipos que se repiten en cualquier lugar del planeta.
No hay mucho tiempo. La muerte del pequeño comercio es diario y no hay reacción alguna para frenar este despropósito.
